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Antes de que el musical estadounidense se volviera una maquinaria de optimismo y consuelo, existió una dupla que lo llenó de ambigüedad, ironía y melancolía: Rodgers & Hart. Durante los años veinte y treinta, Richard Rodgers compuso melodías impecables y Lorenz Hart escribió las letras más elegantes, cínicas y sentimentales que se hayan oído en Broadway. Canciones como My Funny Valentine, The Lady Is a Tramp, Blue Moon y Manhattan trazaron el mapa emocional de una época en la que la sofisticación convivía con la tristeza. Cuando Hart murió, su lugar fue ocupado por Oscar Hammerstein II, y con Rodgers nació una nueva era: Oklahoma!, Carousel, South Pacific y The Sound of Music. Broadway se volvió luminoso, edificante y heroico. Pero en esa transición también se apagó algo: la sombra melancólica que hacía humano al espectáculo.

Ahí entra Richard Linklater, un cineasta obsesionado con el tiempo y sus heridas. En Me & Orson Welles, el director ya había explorado la tensión entre la genialidad y el ego, el instante en que el arte se confunde con la vida. Blue Moon retoma esa sensibilidad. Es la historia de una despedida, pero también de una resistencia. En una sola noche (la del estreno de Oklahoma! en 1943), el filme se convierte en un duelo entre la gloria ajena y la autodestrucción propia. Lorenz Hart, interpretado por un Ethan Hawke extraordinario, observa cómo su antiguo compañero conquista el mundo sin él. Entre copas, sarcasmos y confesiones, el letrista se enfrenta a su propia invisibilidad.

El guion de Robert Kaplow, basado en cartas y anécdotas reales, concentra toda la acción en el restaurante Sardi’s, santuario del Broadway de posguerra. Allí, Hart bebe, comenta, recuerda y se consume. La cámara de Linklater lo encierra en un espacio que se parece a su mente: brillante y decadente, ingenioso y devastado. No hay flashbacks ni artificios narrativos; todo sucede en el presente, como si la memoria solo existiera a través de las palabras. La película, como el teatro que la inspira, depende de la voz y del gesto. El montaje es pausado, los encuadres respetan la respiración de los actores, y el diálogo se convierte en partitura.

Hawke, colaborador recurrente de Linklater en cintas como la trilogía Before y Boyhood ofrece una interpretación monumental, una de las más complejas de su carrera, que nos recuerda a su trágico retrato de Chet Baker en Born to be blue. Su Hart es un bufón trágico, un poeta reducido al tamaño de su vanidad y de su cuerpo (Linklater juega con la estatura real del personaje, filmándolo desde abajo o incluso reduciendo digitalmente su figura). Habla con la velocidad del ingenio y con la lentitud de la resaca; cada línea es un intento desesperado por no ser olvidado. Cuando ironiza sobre Oklahoma! De Rodgers y Hammerstein llamándola “Okla-homo”, la burla no es homofobia sino autodefensa. El humor del hombre que sabe que el futuro lo ha dejado atrás.

También estupendo está Andrew Scott, quien interpreta a Rodgers con una mezcla de vergüenza y superioridad. Es el sobreviviente del dúo, el hombre que entendió que el éxito exige sacrificios. En su breve encuentro con Hart se condensa una relación de décadas impregnada de amor, admiración, rencor y cansancio. Hay ternura en su frialdad, y Hawke responde con una vulnerabilidad feroz. Margaret Qualley, como la joven Elizabeth Weiland, encarna la tentación imposible y el deseo de volver a empezar, de ser amado sin ironía. Su presencia introduce una luz cruel; representa el mundo que sigue adelante, el mismo que Hart ya no puede habitar.

A su alrededor orbitan otros personajes que le otorgan densidad y ritmo a la noche. Bobby Cannavale, como Eddie, el barman, cumple la función del confesor laico. Escucha las digresiones de Hart con una paciencia casi sacerdotal, responde con ironía o silencio, y su rostro se convierte en el espejo moral de la cinta. No es solo un testigo. Es la conciencia externa del protagonista, la figura que lo mantiene atado a una humanidad que se desmorona. Patrick Kennedy, en el papel del escritor E. B. White, introduce una capa inesperada de intertextualidad y ternura. Su conversación con Hart le inspira, de forma incidental, la idea de Stuart Little. Linklater filma ese instante con un humor melancólico, como si la imaginación pasara de un cuerpo agotado a otro más dispuesto a soñar. Ambos personajes funcionan como recordatorios de que incluso en la ruina creativa, la chispa del arte puede transmitirse, aunque el autor original se extinga.

Linklater, como siempre, convierte el diálogo en un mapa emocional. Lo que parece una película estática (un bar, tres o cuatro personajes, una noche) se expande en capas de tonos, ritmos y miradas. Cada conversación es una batalla entre el ingenio y la confesión, entre el espectáculo y la verdad. Blue Moon no busca conmover sino más bien comprender la lógica de la decadencia. Y en esa tarea, se siente como una ópera sin música, una elegía hablada.

Más que una película biográfica, estamos ante un retrato sobre el deseo de permanencia. Hart fue un hombre que escribió canciones inmortales, pero que no logró amarse a sí mismo. La cámara lo sigue como si intentara rescatarlo del olvido, aunque sabe que es inútil. La melancolía de la película nace de esa contradicción: quien inventó las palabras para el amor nunca pudo creer en ellas.

Hacia el final, mientras el bar se vacía y la música de Oklahoma! suena en la distancia, Hart levanta su copa. No brinda por el triunfo ni por la amistad perdida; brinda por el arte mismo, por el acto de haber escrito algo que aún respira. Blue Moon no es un homenaje complaciente, sino una despedida lúcida. Linklater filma a su protagonista con respeto, sin idealizarlo. Lo muestra frágil, ridículo, brillante y muy, muy humano.

Esta es una película sobre la dignidad del fracaso. Sobre el instante en que la genialidad se vuelve ruina, y aun así sigue produciendo belleza. Linklater no filma el fin de una carrera, sino el último destello de una mente que se niega a apagarse. Ethan Hawke, con su mezcla de humor y desgarro, convierte a Lorenz Hart en lo que siempre fue: un poeta atrapado en la canción que escribió para todos los demás, pero nunca para sí mismo.

Tráiler: 



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