La adorable mezcla entre Jem, Josie & The Pussycats, Powerpuff Girls, Demon Slayer y Turning Red no irrumpe en el panorama audiovisual como una rareza excéntrica, sino como el resultado lógico de varias corrientes que llevan años convergiendo: La expansión global del K-pop (BTS, Stray Kids, Blackpink, Twice, Ateez), la consolidación de Sony Animation como un espacio de experimentación estética y el interés creciente por relatos que articulen identidad cultural sin pedir permiso al mercado occidental. Que todo eso termine cristalizando en un musical animado sobre estrellas del Pop que cazan demonios no es una extravagancia, es un síntoma de los tiempos.
La premisa es tan clara como eficaz. Huntr/x, un grupo femenino de K-pop conformado por Rumi (Arden Cho), Mira (May Hong) y Zoey (Ji-young Yoo), vive una doble existencia. Son estrellas del escenario por la noche, y unas guerreras superpoderosas entrenadas para luchar contra fuerzas sobrenaturales fuera del foco mediático. Su antagonismo no se expresa únicamente en términos de acción, sino también musical. Los Saja Boys, una boy band rival, encarnan una amenaza que se infiltra a través del deseo, la idolatría y la estética. La película entiende que, en el ecosistema contemporáneo, el poder no se ejerce solo con violencia física, sino con imagen, ritmo y atractivo sexual.
La animación de Sony Pictures Animation se apoya en una energía visual que privilegia el movimiento y el color por encima del realismo, como lo hicieron en las cintas animadas de Spider-Man. El diseño de personajes, los cambios de textura y la coreografía de las secuencias musicales no buscan homogeneidad, sino impacto. Hay una voluntad constante de espectáculo, pero también una conciencia clara de que la forma debe dialogar con el contenido.
Sin embargo, el verdadero superpoder de K-Pop: Cazadoras de demonios es el uso de la música como dispositivo narrativo. Las canciones de Huntr/x no funcionan únicamente como números pegadizos, sino como extensiones emocionales de sus personajes. En contraste, los temas interpretados por los Saja Boys son diseñados para seducir desde la superficie, con una perfección casi artificial que termina revelando su carácter. Esa oposición no es ingenua, ya que plantea una lectura sobre la autenticidad, el consumo y el afecto en la cultura contemporánea.
K-Pop: Cazadoras de demonios también es una película profundamente consciente de su lugar en la industria. Su éxito en streaming, su impacto en las listas musicales y su paso por salas en funciones especiales (ya existe una versión en Sing-A-Long) no son accidentes, sino parte de una estrategia que entiende al cine como una experiencia expandida. La respuesta del público (cantos colectivos, disfraces y repetición) confirma que la película no solo se ve, sino que se vivencia, del mismo modo que una función de medianoche de The Rocky Horror Picture Show o un concierto en cines de BTS o Blackpink.
Sin embargo, más allá de los números y la euforia, la película se sostiene porque no reduce su imaginario cultural a un decorado. La mitología coreana, los códigos del K-pop y el lenguaje del musical animado no aparecen como exotismo, sino como herramientas narrativas integradas. En ese equilibrio entre identidad y espectáculo reside su verdadero peso.
K-Pop: Cazadoras de demonios no es una obra maestra del cine animado (así muchas de sus fans digan lo contrario), pero sí señala con claridad hacia dónde se mueve. Estamos ante un espacio donde la cultura global ya no se traduce para ser aceptada, sino que se expresa en sus propios términos, con ritmo, exceso y convicción.
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