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El movimiento Shaker fue una secta religiosa cristiana surgida en Inglaterra a mediados del siglo XVIII y consolidada en Estados Unidos, conocida por su vida comunitaria, el voto absoluto de castidad, la igualdad entre hombres y mujeres y una espiritualidad expresada a través de danzas extáticas. Convencidos de que el deseo sexual era la raíz del pecado, los Shakers defendían el trabajo, la disciplina y la sencillez como caminos hacia la salvación, una filosofía que los hizo célebres por su mobiliario austero y que, paradójicamente, selló su declive demográfico.

En el extraño musical filmado en 70mm The Testament of Ann Lee, la actriz y productora de The Brutalist Mona Fastvold (The World To Come, Sleepwalker) se adentra en uno de los episodios más radicales de la historia religiosa moderna sin ironía ni distancia condescendiente. Su aproximación es austera, feroz y profundamente física. El nacimiento del movimiento Shaker no aparece como curiosidad histórica, sino como un fenómeno atravesado por el dolor, la culpa, la represión del deseo y una fe llevada hasta sus últimas consecuencias.

Ann Lee, figura fundacional de la secta, fue una mujer que se proclamó encarnación terrenal de Cristo y que defendió la castidad absoluta, la igualdad entre géneros y razas, y la vida comunitaria como forma de redención. Fastvold no discute esa fe, la observa desde dentro, atendiendo a sus efectos emocionales y corporales. En ese centro incandescente se instala Amanda Seyfried, en una interpretación de entrega total. Su Ann Lee es una mujer marcada por el trauma (la sexualidad vivida como violencia, la maternidad truncada por la muerte de cuatro hijos) y por una convicción que roza tanto la iluminación como el delirio.

La película recurre al musical no como ornamento, sino como forma narrativa. Algunas de las experiencias más extremas de la vida de Ann se condensan en secuencias cantadas y coreografiadas que reemplazan la psicología tradicional por el impacto sensorial. Fastvold apuesta por la elipsis, por la acumulación simbólica y por un lenguaje que puede resultar desconcertante, incluso incómodo, pero que responde con coherencia a su proyecto: filmar la fe como pulsión antes que como discurso.

A su alrededor, Christopher Abbott (Wolf Man) compone a Abraham, el esposo dividido entre el deseo, la culpa y la obediencia, mientras Lewis Pullman (Thunderbolts*) aporta una sensibilidad vulnerable como el hermano William, que acompaña a Ann en su tránsito espiritual y en la emigración de Inglaterra a Estados Unidos. La persecución y el rechazo social que enfrenta la comunidad Shaker funcionan menos como clímax dramático que como confirmación de una lógica: toda utopía radical termina chocando con el orden establecido.

Visualmente, la película se apoya en una puesta en escena sobria, iluminada con una espiritualidad casi táctil. La música, que alterna himnos Shaker con composiciones contemporáneas, rompe deliberadamente la ilusión de época y subraya la vigencia de los temas que atraviesan el relato, como lo son el control del cuerpo, la represión del placer, el fanatismo moral y la promesa de redención a través del sacrificio.

Es cierto que en su segunda mitad el relato pierde algo de tensión narrativa y se instala en un estado más contemplativo. Pero incluso allí, la película se sostiene por su coherencia formal y por la fuerza de su protagonista. Seyfried logra que Ann Lee no sea ni mártir idealizada ni caricatura fanática, sino una figura trágica cuya fe nace del dolor y se expresa como necesidad vital.

The Testament of Ann Lee no busca convencer ni provocar burla. Es una obra exigente, incómoda y singular, que entiende el cine histórico como un espacio de experimentación y riesgo. Fastvold demuestra que aún es posible mirar el pasado sin solemnidad ni cinismo, y encontrar en él preguntas que aún se siguen haciendo (¿por qué le tememos tanto al sexo?, ¿por qué optar por la heteronomía?, ¿por qué no toleramos la diferencia?), no como lecciones morales sino como heridas abiertas.

Tráiler:



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